Músicxs de la cumbia en crisis
En tiempos de pandemia, lxs músicxs que integran distintas bandas de cumbia están pasando por enormes conflictos económicos y laborales. Ya de por sí, el género musical es uno de los menos organizadxs sindicalmente, cómo sobreviven aquellxs que supieron adelantarse a tiempo y cómo lxs que no. El sistema cooperativo que sostiene a Ráfaga como ejemplo a tener en cuenta.
Esta semana, Luciano «Lucho» Rombolá, escribió un artículo en Página 12 donde dejó al descubierto la importante crisis laboral y económica que viven lxs músicxs de las bandas de cumbia. Expresó en su nota, que la pandemia del COVID 19, que mantiene sin desarrollo a la industria «bailantera», expuso las desigualdades, la falta de sindicalización y la precarización laboral de lxs músicxs. Además, enfatizó en cómo se las arreglan para sobrevivir y cómo se sostienen los grupos más organizadxs mientras dure el Decreto de Necesidad y Urgencia Nº 297, dictado en el mes de marzo.
«Son las 6 de la mañana en la zona de Quilmes Oeste, cuando suena una alarma y Cristian Mamani se levanta apresurado. Le da un beso a Cecilia, su compañera, y se viste con rapidez. Camina hacia la cocina, prende la luz y comienza a hacer una masa. En minutos habrá creado bizcochos y churros para repartir a domicilio. Por la tarde repetirá el mismo método, pero esta vez cocinará pizzas. Sin embargo, Cristian no se reconoce como panadero sino como uno de los tantos músicos de la movida tropical que perdió su trabajo durante la pandemia de Covid-19«, comienza «Lucho» contando su investigación y agrega en referencia a la historia de Cristian: «En consecuencia, armó una panadería en el frente de su casa y la bautizó “Kaserita”, con la inicial de conjuntos como Karicia, Karakol, Karla y Karina, esa letra tan característica y tropical. Sin conocimiento del rubro, Cristian aprendió a elaborar sus productos a través de tutoriales de internet. Todo a base de prueba y error. “Para hacer los primeros churros tuvimos que tirar 8 kilos de harina. Nos salían mal. Pero ahora salen ricos y hasta hacemos tortas”.
Mientras desarrolla las historias de estos músicxs, Rombolá analiza: «La situación del improvisado panadero expone el sistema de trabajo de la movida tropical, donde casi la totalidad de los músicos se desempeña en negro. No hay una relación contractual, percepción de aportes jubilatorios ni obra social. Un esquema laboral sin una actividad sindical destacada, donde la diferencia entre patrón y empleado es abismal. Y donde el Estado no regula ni realiza intervención».
Luego, cita el testimonio de un reconocido tecladista que prefiere no dar su nombre por temor a represalias de sus empleadorxs: “Hay una diferencia abismal entre los que tocan en una banda conocida y a veces no tienen ni para comprar un pollo en Navidad, y sus empleadores, que viven en lugares lujosos y tienen autos de alta gama. Es un rubro muy desprotegido. Y ningún Gobierno se ocupó de investigar un poco, como sí lo hace con los comercios”.
Rombolá, menciona que uno de los que decidió «poner en blanco» a sus músicxs en tiempos de éxito fue Néstor en Bloque, pero que, lamentablemente hace unos meses, les pidió a todxs la renuncia por escasez de shows y con la promesa de bancarlos por «tres meses» más, «para que pudieran sostener su economía».
Por el lado del interior, el periodista poné a la luz a cierta «élite» cumbiera de Santa Fe, relata que allí «se desató un escándalo por una reunión entre algunos dueños de conjuntos, como Coty Hernández, Cali, Kaniche, Juanjo Piedrabuena y Trinidad, entre otros. La cumbre, que violó el aislamiento social preventivo y obligatorio, y rompió con todos los protocolos de prevención», cuenta,«se organizó con la intención de solicitar un ingreso de emergencia al Estado. El asunto es que se trata de las bandas con mayores ingresos en los últimos años. Y que los músicos con un menor nivel de ganancias no fueron invitados a participar (…)«; esta actitud indica, «provocó la indignación de un gran número de colegas» de la cumbia santafesina.
No todo es sombras en la situación laboral de los músicxs de bandas de cumbia, existen actitudes ejemplares y de organización laboral para tener en cuenta a futuro cuando el virus permita sonar el tambor otra vez. Menciona y destaca que el vocalista Rodrigo Tapari «es un ejemplo de compañerismo; uno de los pocos dueños que transfiere dinero a sus empleados. Y lleva a cabo una iniciativa virtual, que ayuda a paliar la frágil realidad. De manera periódica, realiza espectáculos a través de plataformas de streaming».
Además, agrega y resalta que el Grupo Ráfaga mantiene un esquema de organización laboral basada en el cooperativismo: «El vocalista Ariel Puchetta, los músicos Raúl «Richard» Rosales, Juan Carlos «Coco» Fusco, Ulises Piñeyro, Marcelo «El Pollo» Rodríguez, Omar Morel y el manager Mauro Piñeyro son socios. Algunos, incluso, comparten el registro de marca ante el Instituto Nacional de Propiedad Industrial. Se desempeñan de manera colectiva y perciben diferentes porcentajes, según las obligaciones y actividades que ocupan. Un esquema con el que ganan o pierden todos«.
«Lucho» cierra su nota analizando una cuestión laboral y social importante de la cumbia: «De una u otra manera, el mundo de la bailanta siempre fue catalogado de marginal, informal, atado con alambre. Es cierto que estas definiciones con cierto corte clasista y hasta racista corresponden a un sector de la sociedad que se siente elevado, en contraste con el bajo poder adquisitivo de la mayoría del público cumbiero. Pero también es real que la movida tropical se encuentra floja de papeles».
Y finaliza, con la siguiente reflexión: «¿Se puede, entonces, después de la pandemia, pensar en un nuevo esquema de trabajo, donde músicos y patrones armonicen sus esfuerzos y distribuyan ganancias? ¿Creer en un Estado amplio, inclusivo, que regule la economía artística de los sectores populares? Quedan pendientes varias preguntas. Y muchas cumbias por bailar».


